15 sep. 2017

"Otren vez" (con asesino sueco incluido)




"Otren vez" es la voz que mi hija ha creado para resumir esta pulsión irrefrenable al comenzar un cuartiento, la de hablar otra vez del tren. "Otren vez" pues. Pero, ¿cómo no hacerlo? Por referirme a algún día me referiré al de hoy. Al menos dos cosas interesantes sucedieron después de entrar en el vagón.

2
Comenzaré por la última, para variar fundamentalmente. Al regresar, a la hora de la comida una chica comía ensalada con los pies apoyados en el asiento frente a sí. Me senté al lado de sus pies e, inicialmente, los quitó pero luego, desenfadada, los volvió a colocar a mi lado. Calzaba sandalias y es necesario decir que los dedos eran incluso bonitos, pero olía fatal. Intenté mirarla. Imposible: los audífonos y la pantalla del móvil capturaban toda su atención. Para no enquistarme, decidí cambiar de sitio y me senté al lado de su tronco. "Peor el remedio que la enfermedad", diría mi tía. Era difícil de creer, sobretodo después de haber conocido el olor de sus pies, pero la ensalada (culpa del falso aceto balsámico di Modena, puedo jurarlo) olía peor. Sin embargo fue a su lado que me enteré (escuchando y leyendo los labios de los pasajeros al otro lado del pasillo) de que el asesino de Russafa se llamaba Pierre Danilo Larancuent, que  había nacido en Goteborg hijo de madre dominicana y padre sueco, que era coautor de dos novelas policíacas (el otro autor se llama Ricard Nilsson) y que había quedado con su primera víctima, Alberto Vila, a través de una app de encuentros.

1
Fue a primera hora de la mañana. Antes de salir de casa, envolví el libro que me ocupa como lector en estas horas para que no cantara tanto. Sencillamente no quería que los compañeros de vagón me viesen leyendo un best seller poco recomendable. Elegí sentarme al lado de un chico que también leía. Saludé muy discretamente y abrí el libro. "¿Qué libro es? Es que me gusta preguntarlo", me abordó el vecino.
"Estoy leyendo el último de Dan Winslow", estuve a punto de responderle como si me hubiesen inyectado suero de la verdad, pero antes de hacerlo logré detenerme. "Es una buena pregunta", le dije para no quitarle motivación, "pero la lectura aunque se puede hacer en lugar público es un acto íntimo por lo que no voy a responderte". El chico me miró durante unos segundos entre incrédulo y agradecido y luego durante el resto del trayecto se contorsionaba para que yo viera el título de su libro. Me negué a verlo y continué protegiendo mi lectura. Durante las pausas (varias porque Winslow nunca ha sido bueno, pero ahora además es pesado) me enteré (escuchando y leyendo los labios de los pasajeros al otro lado del pasillo) que habían encontrado el tronco de un cadáver en una maleta junto a un contenedor de basura de Peris y Valero, que un rastro de sangre llevó a los policías a un portal de la Calle Sueca, en Russafa, que dos policías se quedaron apostados junto a la puerta, que un hombre corpulento intentó salir, que cuando uno de los dos policías le pidió que se identificara le hundió un cuchillo en el lado izquierdo del tórax, que mientras lo hacía el otro policía comenzó a dispararle y lo mató, que horas antes el cuchillo en cuestión había sido el instrumento con que habían descuartizado el cadáver de la maleta..

0
La chica de los pies, luego de la ensalada, sacó un blister de pastillas. El tema me interesaba, porque quizá en el medicamento podía estar el secreto de su olor. Pero me lo prohibí. Humano que soy, me entretuve pensando que si la pregunta del chico me hubiese sorprendido intentando abrir el último libro de Carlos Velásquez o el próximo de Juan Carlos Méndez Guédez quizá ni él ni yo habríamos leído una línea en el resto del trayecto porque no habría parado de hablar.y nunca me habría enterado de los tres muertos de Russafa. Ellos eran, en todo caso, la novela del día, de la semana, de la década para las personas que les querían, no la novela fastidiosísima de Winslow. ¿Un título posible? El asesino sueco de la calle Sueca


8 sep. 2017

Torpe manera de seguir solo



Tenía menos de diez años cuando aprendí que la mejor forma de salir bien librado del acoso domiciliario de predicadores y vendedores ambulantes era repetir las seis palabras que dos o tres veces al día soltaba mi madre por el intercomunicador: "La señora no está en casa". Pero a pesar de tan buena y precoz escuela me reconozco pasto fácil de los predicadores telefónicos del siglo XXI. Es verdad que ya nadie intenta vender a Dios, por lo menos no al teléfono, pero si amenazan constantemente con mejorar la tarifa telefónica y ampliar el crédito de la tarjeta. Estos últimos, los de la tarjeta, tienen por lo menos diez semanas martilleándome. Apenas me tumbo en el sofá suena el teléfono. Son ellos. Los reconozco porque son los únicos que llaman a casa preguntando por Slavko Corazón de Jesús. Hijos de puta, llamar a la hora de la siesta y restregarme el pasado religioso de la familia. Pero no es por eso que les tengo rabia. Se la tengo porque fastidian y ofrecen villas y castillas, pero si fuese necesario decirles que sí y ampliar el crédito pondrían trabas. Es la versión más histérica de la economía del siglo XXI. Por ello en las primeras semanas intenté repetir la lección de mi madre: "la señora no está". "No importa", me respondió la vendedora, "yo quiero hablar con usted".. Tuve que escucharla esa vez. Por torpe, por imbécil. La siguiente ocasión cambié de género: "El señor no está". "¿Y usted cómo se llama?". "Slavko Corazón de Jesús". Más imbécil imposible. Hace un mes más o menos me puse agresivo: "Usted no tiene derecho a llamarme constantemente. Si continúa, ...". Fue peor. Igual me metió la cantinela, me enfadé y por si fuera poco perdí diez minutos. Un fiasco total. Hace dos semanas encontré una posible solución: "Le llamamos para ofrecerle una ampliación del crédito". "Hija mía", la interrumpí. "Gracias a Dios, a cuyo servicio estoy, no necesito tal ampliación". "Pero, Padre, no se trata de necesidad, sino de algún posible proyecto". "Querida hija", insistí. "Gracias  Dios, a la Virgen María y a la Santísima Trinidad,  a cuyo servicio estoy entregado desde mi primera juventud, no necesito tal cosa". Sentía el miedo de la vendedora al otro lado del teléfono, quizá a tener que comprarme algún producto para terminar la llamada. Incluso me pidió disculpas: "No lo volveremos a llamar, Padre. Se lo aseguro". Quien me lee pensará que he logrado mi objetivo y en verdad tiene razón. Ese es el problema, que desde que me fingí cura ante los ojos del banco no ha vuelto a sonar el teléfono. Nadie llama y me está haciendo falta.

16 ago. 2017

Tres venezolanos en el tren (cercanías)




Como los boxeadores de antes:
a mi madre y a mi tía, Leticia y Aura.

No sólo con los horarios engaña el tren de cercanías. Si sólo se tratase de retrasos vespertinos, de convivir con pasajeros que apestan a alcohol en las mañanas de los sábados o cuando terminan los festivales musicales, de suicidas mutilados los mediodías, de imbéciles que colocan sus zapatos donde luego todos nosotros hemos de sentarnos, si sólo fuese eso el tren de cercanías sería una mala solución y yo no me sacaría el abono. Pero la maravilla es que, además de todo eso, ofrece compañía y una falsa sensación de confidencialidad. Dispuestas las poltronas una frente a otra en grupos de cuatro, los pasajeros hablamos, nos vaciamos y se nos escucha que es una maravilla. El vagón es una caja de resonancia en que ojos y oídos sensibles o bien adiestrados pueden aprenderlo todo.
Ayer me tocó subir al vagón en compañía de Diego, quien además de mochila también llevaba bicicleta. Me interesaba mucho lo que contaba porque hasta finales de julio estaba en Venezuela, ocupado con los documentos de su hijo. En el vagón había un solo pasajero, pero la peste de alcohol que tenía valía por cincuenta. Era un chico pelirrojo, teñido quizá, y en su modorra de vez en cuando nombraba un gato azul, quizá triste, seguramente el de Roberto Carlos.
Diego no paraba de hablar. No ahorraba detalles. Nombraba uno por uno todos los sobornos que tuvo que pagar en San Cristóbal y Caracas, las colas infinitas para comprar víveres, los atracos a cincuenta metros del cuerpo de su hijo, las toneladas de dolor que produce ver el país natal sumido en la amargura, el odio y la tristeza. 
Normalmente me gusta escucharle, es una persona cercana e interesante. Pero el tema venezolano actualmente me abruma. Hubo un momento en que, escuchándole, estuve a punto de llorar, sobre todo porque pensaba en los míos, en mi madre y mi tía, mis dos soles junto al Cabriales en la pocaterriana Valencia. Fue por eso que intenté cambiar de tercio y pregunté por mi plato preferido: "Arepas. ¿Comiste arepas?".
A Diego le gusta comer, pero quizá también se había entristecido.. El asunto es que entendió e inmediatamente cambió de tono.
"Claro que sí, Slavko". Dicho lo cual comenzó una letanía que en vez de santos tenía nombre y platos de la gastronomía venezolana: "Arepas, cachapas, queso de mano, paisa, tajadas, hallacas, pabellón criollo, yuca frita...".
Nombraba cada plato chasqueando los labios, como si estuviera a punto de llevárselos a la boca nuevamente.. Lo hacía con tanta fuerza, con tanta emoción que el borracho del fondo, el chico pelirrojo, dejó de nombrar a Roberto Carlos y, despertándose, pronunció las palabras más bonitas de todo el día.
"Paisano, deje de hablar que me está entrando hambre. Mire que yo soy de Puerto Ordaz".
Reímos con lágrimas en los ojos los tres. Éramos los únicos pasajeros en el vagón, quizá del tren: tres venezolanos pensando en nuestras madres, en sus comidas.

3 ago. 2017

Barbería de médicos



Cuando me alzo de la silla del barbero, veo que la persona que espera y cuya cabeza sustituirá la mía en las manos de M es otro médico. Lo saludo y, cómo no, los presento.
"Dos clientes, dos médicos", le digo a M.
"Dudan", responde él quizá refiriéndose al refrán ( "Un médico cura, dos dudan, tres muerte segura").
M es inteligente y atrevido. Cortarse el pelo con él no es solo un acierto estético sino también sino también un placer intelectual: habla con propiedad de historia y política, se maneja en varios idiomas y, tijera en mano, sabe mantenerme despierto cuando lo necesito (fundamentalmente a la salida de las guardias) y cómo domesticarme cuando estoy hipomaniaco (fundamentalmente a la salida de las guardias también). 
Sin embargo, esta vez se ha equivocado. Yo no quería referirme al refrán que (por principio, dogma y convicción) no me gusta sino al hecho real de que, en una barbería que no está situada cerca de ningún hospital ni de la sede del colegio, los dos primeros clientes de la mañana sean médicos.
No digo nada porque no quiero interrumpir su rutina y, luego de despedirme, finalmente me voy.
Camino unos minutos, compro el periódico y un diccionario de valenciano. Cuando subo al tren, me llega al móvil un mensaje de M: "El tercero también, es mi urólogo".
No puede ser casualidad. "Ánimo", le escribo mientras me culpo no sólo de haber sido el primer cliente médico de la mañana sino también de quizá haberlo sugestionado al advertirle antes de despedirme de la repetición de los cromos en su sala de espera.
El tren avanza, con lentitud, pero avanza. Delante de mí, una pareja de enamorados juega a conversar:
"Me muero por besarte", dice él. "Pero sé que luego moriría otra vez de las ganas de volver a hacerlo".
En la cuarta parada, baja un gentío, pareja incluida, y puedo concentrarme en recordar mis mañanas en la sala de espera de M. Sé por la dificultad de coger cita que tiene una clientela abundante, pero por la hora a la que voy (casi siempre de mañana, a la salida de las guardias) normalmente me encuentro con jubilados o trabajadores nocturnos. He visto camareros, peones de limpieza, carretilleros de azulejeras, enfermeros, jóvenes desocupados y algún que otro gerente que llega en moto y pretende un servicio express, casi sin quitarse el casco. Médicos no, al menos hasta ahora.
En esas estoy cuando suena el teléfono. Es M:
"Tío que estoy preocupado, ya he terminado con el tercero y tengo otros tres más esperando. Dos pediatras y un otorrino".
"Pero, ¿cómo lo sabes?",  le pregunto para comprobar que no se está quedando conmigo.
"Porque ellos lo dicen, están hablando entre ellos. ¿Qué hago?"
"Tú tranquilo, como si nada, como si no supieses a qué se dedican. Ni se te ocurra hacerles una consulta".
Eso se lo digo para ayudarlo y, aunque se trata de un hombre sabio, para protegerlo a él y procurar el descanso de mis compañeros, desconocidos quizá pero siempre compañeros.
"Hombre, ni que fuera tonto. Pierde cuidado".
Cuando llego a mi destino, llamo a mi jefa de servicio.
"Jefa, por casualidad sabes qué actividad hay en la mañana de hoy cerca de la calle 48".
"La entrega de expedientes para las plazas de asociado en la universidad. Como son tantos han alquilado la sala de reuniones del edificio Jota", responde ella inmediatamente.
"Gracias".
Me dispongo entonces a llamar a M. Mi intención inicial es decírselo, aclararle la causa, desalojar la casualidad de sus dudas, pero lo noto tan contento que no digo nada, me quedo tan solo escuchando su alegría:
"Esto nunca me había pasado, Slavko. Doce clientes, doce médicos. Es una casualidad infinita. Fíjate que estoy pensando cambiarle el nombre al negocio. ¿Qué te parece Barbería de médicos?".

13 jul. 2017

Exhumación de un bote de lágrimas artificiales, 2017


Las lágrimas artificiales
no sirven
para comer
tampoco para limpiarse el culo
ni siquiera sirven para llorar
pero igual hay que sacarlas
de este ataúd de cartón
envuelto con cinta americana
que preparamos para enviar
víveres y medicinas

no es un húmero ni un fémur, hijo mío
agárralo tú
que tu  mano es más delgada
y no estropea tanto las cosas

son lágrimas simplemente lágrimas
no es un radio tampoco un esternón
es un bote pequeño
que el gobierno prohíbe

tranquilo, no van a explotar
diez mililitros de lágrimas
que ni siquiera son de verdad
pero pueden ser usados por ancianas
terroristas
para aliviar el ardor de las bombas
lacrimógenas
que disparan militares
hijosdeputa

sácalo ya
permite que se vaya
y busque su destino
esta caja herida
destripada
volando a un país
pequeña Venecia
donde nada está permitido
solo llorar de verdad
adelgazar morir
soñando que esta pesadilla
termina

11 jul. 2017

Calor Marías


Desde hace por lo menos diez años me toca vivirlo todos los veranos. Entre la última semana de junio y las dos primeras de agosto, hay por lo menos un momento en que siento que soy una mezcla de Camilo José Cela, Juan Goytisolo y Javier Marías. No como idea delirante de grandeza ni porque crea haber escrito un capítulo desconocido de La Colmena, Reivindicación del Conde Don Julián o Mañana en la batalla piensa en mí. Es más bien por el personaje ese de la mala leche, por heterodoxos o por ortodoxos, que he conocido interpretado por ellos. Apetece, cómo no, escribir contra el olor dulzón de los protectores solares, contra los turistas y la paella mala, contra la gente que con el calor se pone como tonta, contra el calor mismo, las terrazas y las ensaladas decoradas con chispazos de vinagre dulzón, falso de Modena.
Muertos ya Cela y Goytisolo, a ese momento ahora le llamo calor Marías. Cuando llega, cuando lo siento llegar como si se tratase de una crisis convulsiva, algo de hormigueo en los dedos, un principio de tos, una cosa rara en el cuello, me digo “tú no eres Javier Marías, tampoco Camilo José Cela ni Juan Goytisolo” y salgo al jardín. Comienzo con las flores y las plantas pequeñas. Les doy agua de beber y procuro mojarme yo también. Si no me basta con regar, empiezo a quitar hojas secas y cortar ramas bajitas. Si todavía estoy raro, me calzo las botas y cojo el cortacésped. Eso sí que calma: a mí, a Marías o a cualquier otro. Luego de media hora ya estoy cansado y les pido a los vecinos que me dejen zambullirme en su piscina.
Allí ya estoy en la fase Vila Matas. Lo prefiero así. Nado un poco. Salgo, respiro, me seco con una toalla de ser posible prestada y regreso a mi ordenador. He vuelto a ser Slavko Zupcic y me dispongo a escribir un artículo sobre el verano.

1 jul. 2017

Contigo (la música no es de Luis Fonsi)


Así fue: contigo, hablando contigo. Íbamos en el tren, sentados uno frente al otro. Originalmente yo estaba solo e intentaba corregir un texto en el portátil, pero en cuanto te vi lo cerré, dispuesto a hablar. Comenzamos por el árbol del exilio que menciona José Solanes en En tierra ajena. Te dije que yo lo había leído más de veinte años atrás con otro título, Los nombres del exilio, y, a partir de allí, comencé a referirte cosas todas ciertas del pueblo en que crecí, La Entrada, en las afueras de Valencia, la de Venezuela. Era un pueblo duro, de gentes curtidas a fuer de vivir allí, depositadas entre las montañas. Allí yo crecía y leía. Allí comencé a escribir. Primero a mano: llené con letra apretada cientos de libretas en que escribía y reescribía intentando corregir. Luego a máquina: me apoderé de la máquina de escribir de mi madre, una Underwood color naranja. Tenía también un escritorio gigantesco, metálico, que nuestra amiga china, Poija, me había regalado. Mientras hablábamos, pasamos por Nules y pude ver a la derecha las murallas de Mascarell. Nada que ver entre Mascarell y La Entrada. Allí, mirases donde mirases siempre te encontrabas con una montaña. Junto a mi casa estaba la iglesia en la que yo alguna vez fui monaguillo. Pero, cuando escribía, había soltado ya el catecismo y prefería los libros de Faulkner, que mi madre se había hecho autografiar. "Imagina a mi madre", te dije. "Imagínala esperando a Faulkner en las afueras del Ateneo de Valencia". Suyos eran mis libros preferidos, quizá por esa firma abreviada en las primeras páginas. Y los de Juan Rulfo, Herman Hesse y Knut Hamsum, no importa que no estuviesen autografiados.. Y El Quijote. Y Platero y yo. Pero yo escribía y escribía. Mejor dicho: leía, escribía, me masturbaba y escribía. Mientras lo hacía, de vez en cuando me asomaba por la ventana basculante que daba hacia la carretera. A veces veía llover. La lluvia en La Entrada era una especie de manto que nos arropaba durante horas. En otras veía al vecino limpiar su camión. Y alguna vez, lo juro, vi a los niños con los que podía haber jugado pero nunca lo hice, los vi caminar llevando sus burras limpísimas. "¿Qué hacían con las burras?", creo recordar que me preguntaste mientras el tren avanzaba hacia Burriana. Yo no te respondí, perdóname. Simplemente porque quería decirte que mientras más los veía más escribía y leía. Era una forma de no estar allí. Es raro, complicado y casi vergonzoso, pero sería justo decir que escribía como una forma de ausentarme y construir con mis palabras aquello que no tenía: quizá el padre, quizá los lugares que no conocía. "Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con Solanes y el árbol del exilio?". No lo preguntaste, no explícitamente, pero a punto de llegar a Burriana vi en tus ojos que habías entendido que mi discurso continuaría por allí. En efecto, hacia allí iba, mucho más rápido que el tren. "Es que ahora escribo", eso fue lo que te dije, "para volver allí, para sentir que nunca me he ido".

25 jun. 2017

Cuartiento que se vende en las ofertas de Amazon

Cuartiento de la guardia que entra en el hospital con su médico, pero antes un Maseratti ve venderse y  compra dos libros vendidos a pesetas en una papelería que, como las todas del país, euros la moneda es que usa para comprar y vender diecisiete años por lo menos hace. Vega de Lope y Teresa santa, nada más menos nada, menos por lo del siete euros equivalente. Pasada una es y pena la vale. Poco por si fuera un secreto es. Libros están allí, vista a la de todos, pero cómpralos ninguno porque de la decoración creen parte forman. Luego trabajo mucho, pero otro libro hay. Un paciente que colombiano dice ser cuentos cuenta y de irse antes agradecido regala El libro del mormón, azul en su tapa dura. Bastar podría con ello, pero en el salir del momento, la guardia terminada ya, médico un gato ve que entra como si su casa fuera al hospital. No trabaja el gato ni paciente es del hospital, el médico piensa. Pero quizá para los felinos de cinco estrellas el hospital un restaurante es. Por eso ábrense las puertas a su paso. Y fondo en el, seguro, una botella azul del agua fresca lo espera porque los días actuales en que estamos pudo escribirse aquí el libro del calor aprieta cuando, by Chester y sus traductores Himes.  

12 jun. 2017

Revólver nuestro de cada día


Confiamos en él. Con los años ha perdido curvas y se ha hecho más bien rectangular pero los hay de todas las formas posibles. Ruidoso en cambio continúa siendo. De hecho no sólo emite ruidos él sino que nos hace más ruidosos a nosotros mismos. Se acabaron los días de los cow boys silenciosos. Ahora, revólver en mano, somos más ruidosos que nunca.  Es que él nos defiende y nos sirve (eso creemos) para todo. Con él no hay cosa que no podamos hacer. Rotos y descosidos. Hay incluso quien se siente no sólo defendido por él sino también representado. Por eso se elige el más caro, el de más oropel. Pocas veces un arma ha sido tan mimada. Mucho menos tan tolerada y vendida. Lo llevan niños y ancianos. Con él se puede entrar en cualquier lugar. Es de uso permanente. Se  lleva  en la mano o en el bolsillo. Hay incluso quien va al retrete con él. Resulta natural y ningún bando lo impide. Este revólver incluso se ha apoderado de la mesa de noche. Nada de pudor. Ninguna discreción. Se pone donde sea y hay que aguantarse. El que no lo haga es como el que no bota. El que no lo tenga también. Aparte de extraño, quizá se trate de un perdedor. Él es nuestro revólver y, no sólo hay que tenerlo, sino también hacer gala de él. Por eso vamos armados a todas partes. Por eso nos sentimos desnudos sin él. Somos vaqueros aunque viajemos en tren. Vivamos donde vivamos, ya que estamos permanentemente armados, somos protagonistas de una película del Lejano Oeste. Esto es gracias a él. Nuestro revólver nuevamente.  Quizá no mata tanto como los de antes, pero igual nos hace cada vez más estúpidos, cada vez menos respetuosos. Es lo que hay. Por eso, si vamos a la consulta del médico, desenfundamos y colocamos el revólver frente a su bata blanca. Si estamos en una terraza y toca una cerveza, el revólver no puede faltar sobre la mesa: entre el plato de las aceitunas y el cenicero. Es una desgracia. Nos protege poco, pero a la mínima tentación la cogemos y comenzamos a disparar sus balas. No puede ser bueno esto de  ir armado a todas partes. No basta con usar silenciador, quizá sea necesario impedir su entrada en ciertos recintos. Pobre revólver cansado de tanto uso y disgusto: puto móvil.

8 jun. 2017

La hija del amigo


Voy  a saludar a mi amigo y encuentro su hija que lo sustituye perfectamente.
-¿No está, verdad?
Ella me ve y me responde sólo con los ojos. Igual haría él, es tan obvio.
-¿Le puedes decir que he venido?
Vuelve a responder con los ojos. Seguramente lo hará pero, tonto de mí, me dejo ganar por la duda.
-¿Sabes quién soy, verdad?
Ahora sí habla.
-Claro que sí, el del libro -mientras lo dice señala con el libro que lee un ejemplar de médicos taxistas que casi forma parte del decorado de la tienda.
En ese momento, mi hijo, mi propio hijo, se empeña en comprar una chuchería y, mientras yo busco la moneda para pagarle, ella me interrumpe con el gesto más hermoso que he visto en los últimos días.
-No hace falta, mi padre tampoco te lo cobraría.

15 may. 2017

Una lección de estriptís



Quien descubre que la maestra de sus hijos, la vecina o la mujer que le vende el pescado es o ha sido una deslumbrante vedette lo menos que puede hacer es sorprenderse. Verificará el nombre y los apellidos. Se atreverá incluso a meterlos en google. Luego, durante por lo menos un minuto, frente a la fotografía que deshace la venda que le tapaba los ojos, permanecerá con la boca abierta y lamentará sus precariedades. ¿Cómo pudo no intuirlo? ¿Qué catarata le nublaba la vista para que no se diera cuenta de lo que sucedía ante sus ojos? Esa sorpresa es una cosa bonita de la vida, parecida al WhatsApp que le llegó el otro día sobre el estriptís: “No todo el mundo puede hacer un buen estriptís aunque cualquiera te puede sorprender haciéndolo”. Pero lo que sucede en esta cuartilla es diferente. Aquí tenemos un individuo que durante cinco años ha coincidido con una persona, ha intercambiado saludos y quizá alguna expresión sobre el tiempo. “Qué frío, qué calor”. “Así no se puede”. Quizá incluso alguna vez han estado a punto de discutir esperando turno en la charcutería. “¿Está segura que usted va primero que yo?”. O cuando le hizo llegar algunas anotaciones sobre la conducta de la hija mayor. “De inculcarle valores a mis hijos me ocupo yo, usted enséñeles matemáticas”. Ésas fueron las palabras que le escribió en la agenda escolar. Un trato seco, cortante, que nunca dio pie a la confianza. Siempre la vio vestida con ropas anchas y nunca le prestó mayor atención a su rostro. Hay que decirlo porque sucede a menudo. Para él ella era una persona cualquiera. Una más del entorno, como aquel árbol o la enredadera de la plaza. Ahora en la foto es absolutamente distinta. Flores, brillantina, seda, desnudez, incluso belleza.  Cuando enseña la foto a los compañeros del trabajo, la respuesta es unánime: “Macho, la maestra de tus hijos es espectacular. Qué envidia”. Nuestro Cristóbal Colón permanece en silencio y ya ni siquiera mira la foto. Diga lo que diga la peña, sólo él sabe lo que pasará de ahora en adelante: sencillamente nada. Se esforzará en que todo siga igual y el trato con ella no cambiará, no ha de cambiar, para nada.

9 may. 2017

El último pescabro: Guía mi-XA-lin



Varias personas me lo han advertido. “La pescabrería cierra, está cerrando”. En efecto, las palabras “se vende” se leen entre los carteles que anuncian las merluzas a precio insuperable y los boquerones del día. Además, como respuesta a otro cuartiento, un anónimo enriquece el término pescabro advirtiendo que en Madrid, en los años cincuenta,el papel de  los libros vendidos a peso se usaba para envolver el pescado. Imagino que se trataría de una coincidencia triple aunque posible: libros grandes, pescados pequeños y compras exiguas. Con ese ánimo entro en la pescabrería. El primer libro es una sorpresa recurrente: El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Lo compro por no dejarlo allí, para que no se lo trague el mar en caso de que la venta del local no se realice. El segundo libro que abro tiene un título que promete, Los niños tenores, pero el contenido es desolador: un grupo de niños canta “Cara al sol” y grita “Heil Hitler” en un salón de clases ante la pasividad del profesor. No quiero que éste sea mi último pescabro: me dolería. Me recuerda la infamia, el dolor actual por Venezuela, las pequeñas traiciones, la última visita enferma y desgraciada, aquella conferencia que preparé y no pude dar. Continúo buscando y encuentro un libro casi artesanal: mi-XA-lin (guía de restaurantes poligoneros de la provincia de Castellón). Me gusta el juego que propone el título combinando  la referencia neumática y gastronómica con la expresión preferida de los castellonenses: “ Xa, que bo”; “¿Cómo te ha ido, Xa”. En el interior, honrando el subtítulo, Ximo Salsadella (intuyo que se trata de un pseudónimo) describe cincuenta restaurantes ubicados en polígonos industriales de la provincia y los valora del uno al diez según los siguientes parámetros: precio-calidad, servicio, servicios, parking y atención. En el mejor restaurante, el menú cuesta nueve euros, la comida es buena y en el parking caben, alineados perfectamente, treinta camiones. Me gusta este pescabro: Guía mi-XA-lin. Es el último libro que compro en esta pescadería, ya lo he decidido. Aunque la pescabrería abra mañana o pasado, el último pescabro será éste: conectado con Castellón y haciéndole justicia a la naturaleza alimentaria del lugar en que lo compro. Se muere entonces una palabra, casi un género (litero-alimentario). Menos mal que quedan los cuartientos.

18 abr. 2017

Origen, auge y caída del GARDENFIT


Foto: Francisco Cámara

Siempre había dicho que el jardín era su gimnasio. Y es que en efecto lo era: trabajando diez horas al día en la biblioteca, la única actividad física que hacía era cortar el césped, cuidar del jardín. Una o dos veces a la semana. Así, sólo así, se mantenía más o menos en forma. Pero en la medida en que las plantas fueron creciendo, la actividad comenzó a ganar envergadura. Cada vez le ocupaba más tiempo y tenía que salir corriendo de la biblioteca para llegar a tiempo a ocuparse de los árboles.
Fue en esa época que le tocó esperar a un amigo en la nave en que un entrenador y sus discípulos practicaban crossfit.
Viéndolos bajar y subir el balón medicinal, hacer carreras, arrastrase contra el piso como si estuvieran en la guerra, subir la cuerda y elevar las pesas, se dio cuenta de que esos ejercicios repetían su rutinas del jardín. Y escuchando al entrenador motivar a sus alumnos se le ocurrió crear un tipo de actividad física, el Gardenfit.
Nació así una especialidad deportiva. El balón medicinal sería sustituido por el capazo del cortacésped, lleno o vacío según la capacidad del alumno. Los ejercicios de cuerda se harían con los árboles y las pesas con los troncos recién cortados.
Emprendedor como nunca antes lo había sido, publicó un aviso en el periódico y, en una semana, recibió diez llamadas telefónicas. Seleccionó cinco de los candidatos. Les cobraba poco. Pero una vez a la semana los ponía a sudar, siempre en horas de la tarde.
-Comenzamos. Vamos con ganas. Tú a barrer las hojas. Tú con el cortacésped. Tú a quitar las ramas secas de los árboles.
A los diez minutos cambiaba los roles.
-Venga, vamos. Ánimo que parece que no habéis comido hoy.
Cuando veía algún perezoso lo espabilaba inmediatamente.
-Si sigues así te cobraré el doble. Venga, vamos.
La iniciativa tuvo tanto éxito que para atender los diferentes grupos de alumnos que se formaron tuvo que ofrecerse a cuidar el jardín de los vecinos.
-Vamos que esto se acaba -le decía a los alumnos en una época en que aunque estaba todas las tardes cuidando de jardines tenía más dinero que nunca.
-Venga, vamos.
Lo que más le motivaba era saberse dueño de algo. Era el inventor del gardenfit. Lo sabía y se sentía orgulloso de serlo Un negocio redondo que multiplicaba sus ingresos e incrementaba la salud de sus pupilos.
El asunto prometía. Si por un año hubiese mantenido la curva ascendente de las primeras diez semanas se habría convertido en un asunto imparable. Pero pasó lo de siempre.Un vecino creyó que también podía sacar tajada del asunto y anunció su propio centro. No sólo era un copión, sino que lo hacía porque siempre le había dado pereza arreglar su propio jardín. Luego el de la otra calle y el del barrio de al lado. A los seis meses había más centros de gardenfit que practicantes. Y sencillamente el asunto comenzó a desaparecer, como los dinosaurios, como las cabinas telefónicas.
Los alumnos se diluyeron. Así fue cómo cerró. Tuvo que cerrar y volver a cuidar él mismo de su jardín.
Le da rabia recordarlo. Estuvo tan cerca. A punto, prácticamente ya lo había hecho. Ahora incluso le da pereza cortar el césped, cuidar de los árboles. El jardín está más destartalado que nunca, repleto de maleza. Y él, gordo y seboso, no parece un inventor.


21 mar. 2017

El siglo pasado




Hasta hace pocos años  nos acostumbramos a creer que el siglo pasado era el siglo XIX y es que en efecto lo era. El siglo de Balzac, Flaubert y Rimbaud. También el de Pasteur, Chejov y la construcción de América. Por esto último o por los elefantes de Rimbaud, nos acostumbramos a creer que el pasado era un siglo lento, que olía a caballos y que su fuerza estaba garantizada por la barba de sus hombres. Ese siglo lento y lejano olía a naftalina y  sonaba con las teclas del piano y los pasos educados de sus habitantes.  No hablábamos de él, no podíamos, tan sólo lo nombrábamos, pero su referencia nos resultaba atávica, vinculada al origen de los tiempos. “Eso no sucedía ni en el siglo pasado”, decían los positivistas cuando veían algo torcido, inapropiado. “Es del siglo pasado”, decía el anticuario señalando el mueble cuya belleza quería resaltar antes de decir el precio. Podía ser malo o bueno, pero siempre era lejano, lejanísimo. El tiempo que nos separaba de él era también una forma de impregnar de esperanza el futuro. Hubo quien nació y creció entre dos ideales: el siglo pasado y el año 2000, el inicio del siglo XXI. Incluso se hicieron predicciones de las cuales pocas se cumplieron. Cuando llegó el 2000, se desvanecieron ideales y predicciones. “Lo mejor del siglo XX han sido los ordenadores y las hojillas de afeitar”, decía entonces un viejo poeta que todavía escribe. Si  el siglo XX era una tesis doctoral, ésta era su conclusión. Y una vez concluido el segundo milenio, el siglo pasado se convirtió en una especie de limbo. Se nombraba poco y quien lo nombraba no sabía bien a que se estaba refiriendo. Mayormente la referencia era todavía al siglo XIX y, cuando un atrevido nombraba los años noventa recién pasados como del siglo pasado, la gente sonreía. Ahora ya comienza a tener cuerpo y forma. Han pasado tres lustros y casi quince meses  Hay ya personas nacidas después del 2000 que leen y escriben: yo he leído ya alguna maravilla. Ellos, que son sin duda alguna el siglo XXI, le dan nombre al siglo pasado: es el siglo XX, caramba. No es que estemos creciendo como Benjamin Button, pero el siglo pasado está cada vez más cerca y nosotros fuimos parte de él y lo tocamos con las manos, hundimos en él las caderas. El que se ha ido y no sabemos dónde es el XIX. Ya no es ni pasado ni nada. Es el siglo XIX.

12 mar. 2017

Ojos, corazones: libros a pesetas



Como si no existiera relación entre los órganos de que se ocupan, el oftalmólogo y el cardiólogo no cruzan palabras entre sí, tampoco miradas, quizá ni siquiera sentimientos.
Sentados en asientos contiguos del primer tren de la mañana, concentran la atención cada uno en su tablet y se evitan incluso al alzarse, en el momento de llegar a Castellón. Los conozco a ambos, sé que el uno sabe del otro y que no hay animadversión entre ellos. Creo incluso que tienen más cosas en común que en desacuerdo, pero fundamentalmente (ésa es la razón de su ignorancia mutua) ellos creen (o saben) que no existen vasos comunicantes entre sus saberes y desempeños.
Paso la página y salgo. Fuera de la estación, me espera la sorpresa del día. Están allí desde hace tiempo, pero en la papelería donde ahora compro el periódico miro por primera vez con detenimiento la esquina a la derecha de la caja registradora. Hay allí cien o doscientos libros nuevos, impolutos, que nunca han sido comprados ni vendidos, ni  abiertos ni leídos, pero que han sido editados hace treinta o cuarenta años. Nadie en el barrio los ha querido comprar y ahora que los veo el vendedor avisa que me los venderá según las pesetas que indique la contraportada.
-¿Que tienes que encontrar pesetas para pagarle? - me pregunta el primer amigo a quien se lo refiero.
-No, él hace la conversión a euros -le explico.
Me llevo seis libros por menos de lo que compraría uno en Amazon o en mi librería preferida. No lo puedo evitar y lo pienso: los euros tienen tan poco que ver con las pesetas como los cardiólogos con  los oftalmólogos.