22 may. 2018

Belleza interna


Como si se tratase de un dinosaurio o una cabina telefónica, pregunto a amigos y conocidos por la belleza interna. ¿Qué pasó con ella? ¿A dónde fue a parar? ¿Quién la ha visto últimamente?

Pocos me responden y quienes lo hacen seguro preferirían salir en la tele hablando de esta primavera como la más rara que nunca han visto.

Se refieren a ella en pasado como una cosa que hombres y mujeres llevaban dentro. Era una mezcla de ideales y sentimientos, principios y valores. Usan para describirla palabras tan anacrónicas como la palabra anacrónica.

Una anciana, en la plaza, consciente del peligro actual de hablar de los humanos, le quita pensamiento a la expresión y me habla de alimentos: “Es como la fruta que crece en el campo; no es bonita como la del super, pero por dentro está buena”. La entiendo porque alguna vez escribí un artículo en el mismo tono sobre la novela.

Continúo indagando y descubro con alivio que la belleza interna no ha muerto: existe todavía aunque ha cambiado de traje. La encuentro, cómo no, en el tren y luego en el gimnasio. Ya no se trata de ideales y sentimientos: ¿qué es eso? Ahora la belleza interna se expresa en números, responde a protocolos y escalas y se mide en unidades.

Son bellos por dentro ahora los seres humanos que se cuidan. Por eso su belleza se expresa en los kilómetros que corren, las calorías que consumen y eliminan, en los miligramos por decilitro de su colesterol.

No voy a ser yo quien se ponga nostálgico por este cambio. Mucho menos cuando he encontrado algo que creía perdido y puedo constatar que, igual que antes, continúa contribuyendo a su expresión más superficial, la belleza del afuera.

Tan solo me permito una pregunta relacionada, ¿por qué no?, con la literatura. A partir de este cambio, ¿cómo se escribirían ahora los libros santos, los clásicos e incluso la novela maravillosa del siglo XIX? 

Ayúdame tú, lector, a responderme o no me ayudes ya que creo tener la respuesta. Tienes toda la razón, la pregunta es innecesaria, anacrónica e injusta. Carece de respuesta  porque ninguno de esos libros podría ser escrito nuevamente, mucho menos en la actualidad.







20 may. 2018

La novia de Zapatero en Caracas



Siempre fueron interesantes las comunistas convencidas.
En Cuba y en Moscú. Hablaban de bombas molotov, usaban pulseras y camisetas con la cara del Che Guevara. Contaban batallas y manifestaciones. Olían a pólvora y vinagre, leían Pravda y creían en el sacrificio.
Desde hace unos años en Venezuela también existen. Son comunistas, parecen convencidas, pero no son ni siquiera remotamente parecidas. Su comunismo es injertado. Ellas hablan de la revolución con la misma pasión que generan sus prótesis mamarias. Critican la plusvalía pero, pómulos y labios, huelen a silicona. Llevan en el bolso la constitución de Chávez y usan billetes de cien dólares como marca libros. Comunistas buenorras, atienden a los invitados internacionales y, con Shakira de fondo, les convencen de las virtudes de Nicolás Maduro. Son muy jóvenes y lo suyo no es el amor ni la prostitución, sino el porvenir político de sus padres. Mientras ellas bailan, los patriarcas siguen siendo generales, diputados y narcotraficantes. En muchas ocasiones, las tres cosas juntas. 
-Zapy, di que sí. Asiente cuando te pregunten por la democracia.
Da nauseas saberlo y, para decirlo, es necesario usar pìnzas y tapabocas. Igual que Berlusconi, Zapatero ha terminado enriqueciendo a sus suegros. ¿Acaso era posible imaginarlo hace quince años?
Desacelerado ex Presidente, quien esté urgido y acostumbrado puede pagar millones de dólares por un buen polvo, pero ni siquiera el mejor amor vale una vida ajena. Tampoco la de millones de venezolanos.

12 may. 2018

Dos escritores



Cuando en un acto literario dos escritores se encuentran por primera vez es probable que mentalmente cada uno repase las portadas del otro y recuerden así el párrafo en el que a uno le sobraban puntos y al otro le faltaban comas. Eso es literatura también.
Pero si es un acto laico, de la vida, en que uno y otro desempeñan funciones diferentes a la literaria, seguramente los pensamientos tendrán otro contenido. Ahí va un ejemplo. El primer escritor es una maravilla que desde hace tres años trabaja en una estación de servicio. El segundo conduce una cisterna de treinta mil litros y viene hoy por primera vez a traer combustible Hay un momento  del trasiego en que las miradas se encuentran. Quizá por culpa del libro de Conrad que el de la estación siempre tiene junto a la caja registradora. Quizá porque al del camión le suena en el móvil la alerta de una web de premios literarios.
El instante en que se cruzan las miradas es un momento eterno que contiene una duda, como cuando dos personas se sientan uno junto al otro en el metro y a los dos segundos entienden que padecen la misma enfermedad.
Uno piensa del otro y el otro piensa de uno. Se atribuyen géneros y preferencias usando como brújula el libro de Conrad (Nostromo) o el premio de la alarma. El del camión piensa que la estación ha de ser un buen lugar para escribir crónica. Y el otro le atribuye al camión una potencia novelística.
"¿Tú escribes?", se preguntan simultáneamente y a los dos minutos se encuentran hablando de sus proyectos.
Quizá sea culpa de la gasolina pero ambos se sorprenden al saber que en sus últimos libros tienen un personaje parecido: un hombre que acumula los periódicos de la semana y el domingo lee el del día siguiente a las veinticuatro horas que más le gustaron. Literatura pura.

5 may. 2018

El poeta que escribe los artículos del presidente Maduro


Luis Alberto Crespo y sus amigos

El poeta que le escribe los artículos al presidente Maduro, gordo o flaco que sea, hiperproteico o desnutrido, fiscal general o director de literatura del ministerio, dejó claras dos cosas en el artículo que publicó el miércoles 3 de mayo el periódico El País. La primera que no sabe escribir artículos. Y la segunda que, obligado a mentir, a minimizar su opulencia (si funcionario importante y corrupto) o el ruido de sus tripas (si funcionario de a pie), es un mal mentiroso.
El artículo puede parecer un género bastardo pero no lo es y, aun si lo fuera, requiere de oficio y no acepta el tartamudeo ni la rima fácil. Allí es donde se le ven las plumas al poeta que escribió el artículo firmado por Maduro. En la cursilería, las ideas entrecortadas, la dificultad de continuarlas después de cada punto y seguido y, en consecuencia, el uso recurrente de la anadiplosis (a la manera de ciertas coplas llaneras, la repetición de la última palabra de un verso-oración al principio del siguiente verso-oración).
Sea quien sea el poeta culpable, es obvio que no cree en el artículo como género y, sin ser zurdo, ha escrito este con la mano izquierda, sin empeñarse, no porque le dé grima mentir, sino porque no sabe hacerlo (ni escribir ni empeñarse).
¿Cuál es el vínculo entre estos poetas (uno solo es el que escribe los artículos pero son una manada los que apoyan la gestión) y un presidente incapaz y corrupto que, ya desmantelado el estado, ni siquiera puede prometer la publicación de libros o la concesión de premios?

Tarek William Saab y Nicolás Maduro


No es necesario escarbar mucho para saberlo. Basta con leer el texto completo, lo que es una tarea ardua y pesada, difícil de tragar. Las últimas cuatro líneas son versos de Neruda. A través del poeta chileno, Maduro y su esclavo recuerdan a Allende y lo que les parece su gesta épica. Inmolación y muerte promete Maduro y por eso estos poetas mediocres (peores articulistas) se le acercan y le escriben glosas y artículos. Se excitan con las palabras izquierda y revolución y, a falta de medicinas, se bajan la tensión convirtiéndose en aduladores de oficio. Por un lado les duele morir pero, ya que hay que hacerlo, les anima la posibilidad de hacerlo épicamente. Esa contradicción les delata y, mintiendo, los obliga a no disimular, a no poder disimular la mentira.
Cuando uno de ellos es elegido para perpetrar un artículo que firmará el presidente, lo celebra en familia como si le hubiesen concedido el Nobel e intenta no olvidar a sus pares, el resto de la manada. Por eso el poeta (Maduro) de El País le dedica cinco líneas al uso que se le da en Venezuela a la palabra pana. Porque está contento. Pero eso no lo salva de ser lo que es: un mal poeta, un mal mentiroso que corrompe las palabras al usarlas, que las retiene en el calabozo absurdo de su artículo y, si las deja salir, las mata de hambre y de miseria. Este poeta es igual que Maduro, basura humana y literaria, el mismo detritus político que el editor inescrupuloso que les vende su tribuna.


21 abr. 2018

Tantas veces Harrison



La pretensión de escribir un texto sobre el carácter anodino de ciertas exploraciones me hace buscar uno de mis libros preferidos. Navegando entre sus páginas y capítulos, reparo en que la mayor parte de los mortales cuando escuchan la palabra Harrison seguramente recuerdan a George Harrison o a Harrison Ford. ¿Cómo no hacerlo si el primero fue guitarrista de Los Beatles y el segundo ha sido tantas cosas pero fundamentalmente Indiana Jones? Hay, por si fuera poco, varias localidades en Estados Unidos que simplemente se llaman Harrison y, a partir de esa circunstancia, habrá peluquerías, panaderías, marcas de whisky y también algún modelo de coche. Si es que por haber hay tantos Harrison que incluso el abogado de Michael Corleone en El Padrino III se llama B. J. Harrison.  Pero para quienes hemos pasado por la facultad de medicina, Harrison es un libro de medicina interna. Pesado, casi cuatro kilos entre los dos tomos. Imposible preparar el MIR con él, pero de lectura indispensable para  controlar un tema. Yo lo he tenido tres veces. El primero me lo robaron. Debió ser un ladrón fornido o la primera novia. Nunca lo he logrado saber y con ninguno conservo trato como para llamarle y preguntárselo. El segundo lo dejé abandonado en una mudanza. Me dio mucha pena porque casi formaba parte de mi cuerpo, al menos de mis antebrazos y mejillas ya que en una época dormí más sobre él que sobre mi almohada. Pero igual fue necesario dejarlo en aquella casa abandonada. Ahora tengo un archivo que lo sustituye. No es lo mismo, lo sé. Dos Harrison de los de antes sostenían una cama y, en caso de agresión, podía ser usado como escudo o, con una miqueta de esfuerzo, como lanza. Pero esta versión digital también tiene su aquel, su maravilla. Quitándole rotundidad al objeto, es más fácil entender que el libro de medicina interna es la obra de un hombre de apellido Harrison. Un hombre como tú y como yo. Un médico con pacientes y estudiantes de medicina a su alrededor. Se llamaba Tinsley Randolph Harrison.  Nació en Alabama el 18 de  marzo de 1900, estudió medicina en la Universidad de Michigan y murió en Birmingham el 4 de agosto de 1978. Un gran médico del siglo XX. Sabio y erudito, qué duda cabe.

16 abr. 2018

Verbo y carne



Cuando para alabar su estrategia el narrador deportivo dice que el tenista es un ajedrecista no sabe lo que hace. Salen las palabras de su boca, se proyectan sobre el micrófono, saltan de chip en chip, en fracciones de segundos se deslizan a través de cables multicolor y se multiplican luego por miles o millones de cornetas. Si todo quedase allí, si todo se limitase a ser una onda que atraviesa el conducto auditivo de nuestros oídos o un archivo para que los agentes secretos de las redes sociales nos coaccionen en el futuro ya sería mucho, pero igual no pasaría nada. El asunto es que la tierra se mueve. Por culpa de las palabras pronunciadas por el narrador deportivo, la tierra se mueve. No se trata de la rotación y la traslación que aprendimos en la escuela. No, ahora todo comienza desde abajo, desde lo más profundo. Se genera una onda lenta que deforma, destruye y construye. Lo primero que vemos es que la pista se eleva. Ya no puede ser un foso. La tierra sube. Moviéndose, como dándose martillazos a sí misma, sube poco a poco. La pista se convierte en una mesa gigantesca y, en el centro de ella, emerge un tablero. Donde había hierba o arcilla, o quizá cemento, aparece la madera. La red se desintegra como escuchando un mandato divino, y los recogepelotas comienzan a pintar las 36 casillas, claras y oscuras. Pasan cosas peores que me da miedo nombrar, pero que resumo diciendo que si antes eran miles de espectadores ahora no pasan de cientos. Ha habido una reducción drástica, no se sabe cómo ha pasado, pero no puede ser bueno. En el ambiente hay dolor y miedo. Los tenistas están ahora sobre el tablero y se miran intrigados. Saben que no pueden ser ellos los ajedrecistas. Primero porque no saben jugar ajedrez, segundo porque son muy pequeños en ese tablero gigantesco. Sólo les queda ser piezas y dudan de la posibilidad de ser rey o reina. Seguro les tocará ser peones. Al más alto quizá torre, pero luego (presume de entender) lo usarán para un enroque. Qué desgracia, señor. Cómo pudimos llegar a esto. Todo por un narrador precario y equivocado que no sabía cómo hacer de manera serena su trabajo y quiso convertir el deporte de las raquetas en ajedrez. Qué horror.  

8 abr. 2018

Submarinismo para escritores


1 Si dudas entre cuento y novela, continúa escribiendo. Será novela.
2 Si dudas entre cuentista y novelista, dedícate a la crónica, su potencia infinita.
3 No te vistas más, desnúdate. Luego te podrás disfrazar.
4 El cuento es un mordisco que encuentra hueso y, en él, sangre. La novela lame el cuerpo. Su saliva ácida desintegra lo orgánico y lo inorgánico, incluso lo inmaterial. Progresivamente.
5 Hazte fuerte. Resiste. Escribe, continúa escribiendo, como recomendaba Pitol.
6 Lee, cocina, acompaña a los niños, trabaja, ve al gimnasio. Pero vuelve a leer.
7 Dispara pero antes duda: acertarás.
8 Colecciona las negativas. Agrúpalas por décadas. Poco a poco se ganarán tu cariño. Y siempre te acompañarán.
9 Persigue la liebre. Cobíjate bajo su manto como si fuera una virgen. Continúa. Persíguela otra vez. Lo importante es continuar escribiendo.
10 Saca la cabeza de vez en cuando. Respira profundo. Aunque te creas capaz de lograr la apnea eterna recuerda que esta es incompatible con la escritura. Si estás cansado, flota. 
11 Eres bueno. Eres lindo. Eres el mejor. Te lo digo porque alguien que no seas tu mismo te lo tiene que decir.
12 Los editores son buenos, generosos y mágicos. Aunque a veces lo parezca no son tus enemigos. Cuida de ellos ya que ellos no cuidarán de ti.
13 Aunque son piedras, las palabras pesan menos que el agua. Por eso se las lleva el viento. Vaya peligro.
14 Gimnasia, tenis, fútbol. Ama a tus hijos pero no acudas a los eventos deportivos en que puedan participar. No hay nada literario en ellos y está comprobado que aplanan el cerebro. Mejor te ofreces para preparar la cena.
15 Se generoso. Regala literatura. Ayuda a escribir a los demás. Todos somos fundamentalmente submarinistas.


5 abr. 2018

Medritura: boleto de ida y vuelta


Cuando el tren llega a C, se abren las puertas de los vagones y, apretujados, médicos y estudiantes caminan hacia los tornos. Hay quien lo hace con pereza, como si el cuerpo pesara, que a veces pesa; quien con naturalidad, como Federer cuando la cruza con la derecha; y quien con motivación, como si se tratase de conejos en el interior de un libro de Lewis Carroll. Cada quien lleva su luz y su sombra. También sus tarjetas, que en ocasiones atragantan el torno. El maquinista abre la puerta de su habitáculo y los ve pasar. Cuando ya solo quedan tres o cuatro, camina hacia la cola y, marcando en la pantalla el nuevo destino, V, la convierte en punta.
Es un gesto mínimo y natural. Quizá hubo una época en la que había que buscar una escalera y atornillar cárteles pesados que ensuciaban las manos de hollín. Pero ahora solo es necesario pulsar un botón para que las luces de V se enciendan en la nueva punta.
Ese encendido es una luz de esperanza para quienes esperan en el andén, que atropelladamente suben. Para mí es un momento de reflexión que procuro no perder con la mirada y guardar por unas horas en la memoria. Es una especie de miércoles de ceniza ("Polvo eres y en polvo te convertirás") ya que en un santiamén el tren deja de ser los médicos y se convierte en el tren de los pacientes. ¿Por qué? Porque casi todos los viajeros que suben son o han sido pacientes de los médicos que han bajado hace tan poco. Porque a esa hora los únicos médicos que suben vienen de hacer la noche y sus ronquidos durante el trayecto los convierten en pacientes de neumología. Y porque entre las paradas del trayecto está el hospital nuevo donde seguramente bajarán muchos pacientes pasajeros, pendientes de interconsultas y pruebas especiales.
No puedo dejar de pensarlo. Ese tren de ida y vuelta, de médicos y pacientes, es una visión que retrata de manera inmejorable la medritura. Obviamente todos los médicos son pacientes y el medritor lo sabe o al menos eso debe y pretende.
Igual que el tren que llega primero a C y luego a V, al saberse médico y paciente, el medritor comienza a vivir y por ende a morir, convirtiendo la medritura en su consultorio (su cementerio) permanente.

21 mar. 2018

Melini



Lo que más agradezco de los encuentros literarios de la primera juventud no es haber conocido a grandes escritores cuyo trabajo con el tiempo ha sido reconocido y que inevitablemente habría leído, sino haber podido leer y conocer a escritores formidables que han vivido con discreción la grandeza de sus libros. A estos quizá no los habría podido leer, al menos no sin dificultad, y son ellos, su lectura, los que más alegría me han dado. Cómo negarlo: da a veces la sensación de que la buena literatura en ocasiones se puede comprar en las grandes superficies, pero  mayormente circula por canales subterráneos, milagrosos, como si se tratase de sustancias secretas.
Por estos canales me han llegado en veinte años dos libros prodigiosos de Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969). El primero fue El futbolista asesino (La Palma editorial, 2000). Apenas leído, comencé a hablar y escribir de él, convencido de su maravilla. El segundo lo acabo de cerrar, pero igual no lo suelto. Es Africanos en Madrid (Reino de Cordelia, 2017). En ambos libros, me he sentido lector privilegiado y, como escritor, hermanado con el autor de las páginas, como si yo mismo hubiera querido escribirlas alguna vez agregándoles párrafos y enmiendas.
Una lectura plana del libro podría limitarse a decir que en él Nicolás Melini describe o narra sus encuentros en Madrid con personas nacidas en África y que estos encuentros han sido favorecidos por la vocación intercultural de un escritor que también es cineasta y tiene una hija que se llama Aisatu. Pero el libro es más que eso, es mucho más. En Africanos en Madrid, desnudo de ideas, simplemente narrando (evidenciando) hechos, Melini se sumerge en esa aparente otredad que significa África en el contexto español y desde diferentes perspectivas describe la vida (a veces maravillosa, a veces no tanto) de varios africanos en una ciudad infatigable como Madrid. Hay manteros que huyen de la policía, hay africanos con DNI que hacen correr a la policía. Hay hombres españoles que aman a mujeres africanas y hay hombres africanos que son amados por mujeres españolas. Y, por amados y necesitados, limitados, coartados, indocumentados, como en cualquier otra relación.
Incluso el último texto que es una nota necrológica del profesor El Hadji Amadou Ndoye podría ser para quien no conoció a este hispanista un gran relato de ficción en que el narrador canario, Melini otra vez, contacta con su propia africanidad.
Este libro físicamente es rectangular, pero luego de leerlo me resulta redondo. Por eso me gusta, Melini.

(texto publicado en el suplemento Quaderns del periódico Mediterráneo el 18 de marzo de 2018 con el título "Per això m'agrada, Melini".)

18 mar. 2018

Cenizas de mascletá


(foto tomada de la edición de Levante del 16 de marzo de 2018)


1 La pólvora mayormente duele, pero también huele y emociona. Es humo y belleza, ruido y corazón, aro de fuego, juego: pirotecnia.
2 Eso son en Valencia las diecinueve mascletás de marzo en la Plaza del Ayuntamiento.
3 Los entendidos dicen que el mejor lugar para oler ver y escuchar la mascletá es la esquina de Correos.
4 Desde allí se escucha con la boca abierta jugando a obturar las trompas de Eustaquio. Cuidado, está prohibido taparse las orejas. Para sentirla, es necesario escuchar la mascletá o al menos intentarlo.
5 Allí también se siente completamente la fase de tierra. El piso tiembla, los edificios se mecen, los corazones estallan, el mundo se detiene y rompe luego en forma de aplauso.
6 Sucede en fallas, la fiesta local: ríos de alcohol y alegría humana, pero también de belleza volátil que da la bienvenida a la primavera.
7 Los valencianos huyen. Cierran sus casas, bajan persianas y santamarías. Se van a la montaña, visitan Europa.
8 Los falleros se adueñan de la ciudad. Casi todo está permitido.
9 En la primera semana de mascletás, el periodista Ignacio Zafra lo reveló: una empresa pirotécnica ofrece la posibilidad de disparar las cenizas de difuntos en forma de truenos o palmeras cromáticas.
10 Es inaudito, pero legal. Hay un vacío. Legal. Vacío.
11 Quienes más usan este servicio son personas vinculadas al mundo fallero.
12 El 12 de marzo, Raúl murió trabajando.
13 Atado al mundo fallero, trabajaba para otra empresa pirotécnica, la más importante del país. Rellenaba carcasas de mascletás. Pobre Raúl, morir explosionado.
14 No hay forma de demostrarlo, pero puesto que tres días después a su empresa le tocaba disparar la mascletá en la Plaza del Ayuntamiento es posible pensar que rellenaba esas carcasas, que cuidaba de la pólvora.
15 En día de sol, el 15 de marzo, a las dos en punto de la tarde, se disparó la mascletá. Era, así los dijeron las falleras mayores, un homenaje a Raúl, una mascletá in memorian. La jaula desde donde se realiza el disparo estaba presidida por un gran lazo negro. El maestro pirotécnico dijo que por el dolor que lo embargaba había pensado no acudir, pero acudió. La viuda del trabajador también acudió. Estaba allí, acudió. “Fue un disparo perfecto”, dijo el maestro. “Como si él lo estuviera controlando todo desde arriba”,
16 Se dispararon trescientos kilos de pólvora. Una de las carcasas voló incendiando una palmera de la plaza. Al final del disparo, la esquina de Correos se llenó de papel y pólvora quemados.
17 Cubierto de cenizas, un lector de Zafra insinuó la posibilidad de que en la película gris que lo recubría estuviera parte de los restos del trabajador fallecido, pero inmediatamente lo hicieron callar. Era un secreto a voces. Tan obvio que podía no ser cierto. Quizá no estaban.  Estaban y no estaban. Quizá estaban.
18 “La mascletá ha sido una demostración de fuerza e intensidad, tanto que los bomberos que vigilan la jaula donde se produce el disparo incluso se han llegado a retirar brevemente”, publicó la redacción de Levante, el periódico local. El alcalde de la ciudad, Joan Ribó, refiriéndose a la viuda, dijo: “Ha sido duro para ella después de un accidente tan terrible, pero también ha sido un homenaje muy bonito”.
19 Pobre Raúl, el 15 de marzo de 2018, cenizas de mascletá. Huelen y duelen. Pim pam pum.

14 mar. 2018

Género



Durante años la palabra género solo tuvo para mi resonancias literarias.
La conocí a través de las bases de los premios literarios en los que comencé a participar desde adolescente. Si los géneros convocados eran teatro y ensayo, yo sabía que el premio no tenía nada que ver conmigo. Si en cambio eran poesía y narrativa la cosa cambiaba un poco. Al de poesía quizá no enviaría porque Reynaldo Pérez So a los quince años me había expulsado de su taller. Pero al género narrativa, seguro que sí: tenía ya cientos de páginas dispuestas y sólo era necesario inventar el pseudónimo y hacer las copias de rigor..
Eso era lo que significaba la palabra género para mí: escritura. Era un poco el mundo al revés, porque la literaria era y continúa siendo la sexta acepción de la palabra género en el diccionario de la Real Academia y también en el Pequeño Larousse, que entonces me gustaba más porque tenía las letras señaladas en el borde anterior. En esa época leía todo libro bueno que estuviera a menos de mil metros de mi vida: comprado, prestado, regalado e incluso robado. Por importar, no importaba ni el nombre del autor, mucho menos si se trataba de varón o hembra, judío o católico, planta carnívora o mamífero vegano.
He de reconocer que yo venía de una realidad particular. Mi infancia transcurrió en una cueva de montaña, en el Abra de Las Trincheras: allí crecí rodeado de libros, pianos, mujeres trabajadoras y oraciones. En la cueva, todos nos respetábamos por igual, las labores hogareñas se repartían democráticamente y, como yo era el único varón, no podía golpear a nadie ya que el undécimo mandamiento, escrito quizá en la contraportada de las tablas de Moisés, decía que "a las mujeres no se les pega ni con el pétalo de una rosa".
Así, a los catorce años ya dominaba con soltura incluso las derivaciones lingüísticas de la palabra: transgenérico (referido a los premios literarios que aceptaban obras de cualquier tipo sin importar si que mezclasen el ensayo con la narrativa e intercalasen eventualmente un poema), intergenérico (más o menos lo mismo) o subgénero (policial, ciencia ficción, etc.).
Luego, me enamoré de la mujer más bella del mundo. Fue un sentimiento infructuoso porque ella amaba a un compañero feo, rubio y gigantesco que luego se haría cirujano, pero que me aportó otro significado de la palabra género. La madre tenía una tienda de telas y, cuando llegaba a su casa en la noche, se quitaba las sandalias junto a la puerta y gritaba a todo pulmón:
-Hoy se acabó el género, lo vendí todo.
Se refería a las telas que vendía, las mismas de donde salían los vestidos la mujer que yo amaba desesperadamente a pesar de que cada vez era más obvia su elección quirúrgica.
Ya frecuentaba entonces la facultad y en estadística, para separar hombres y mujeres, hablábamos de sexo, todo muy correcto además según todas las fuentes que sea posible consultar.
Pasaron los años y me fui quedando solo con esas dos acepciones, fundamentalmente la primera. 
Ahora vivo en una cueva sin pianos aunque sí con muchos libros, pero sigo respetando el undécimo mandamiento, distribuyendo las labores por igual, leyendo todos los libros que se me atraviesan y, cómo negarlo, enviando de vez en cuando mis libritos a concursos literarios.
Es por eso, solo por eso, que me siento raro cuando escucho tantas veces la palabra género asociada a violencia y desigualdad. La literatura aunque se refiera a la violencia mayormente violenta no es y de la igualdad qué puedo decir: narrativa y poesía obviamente no son lo mismo, pero si bien escrita siempre literatura es.

2 mar. 2018

Truhanes



Sé de personas que son capaces de hacer negocios incluso en el colegio de los hijos. Si son arquitectos o constructores y el individuo ocupa un lugar de relevancia en el AMPA, el colegio se hace cada vez más grande, se enriquece con columnas góticas y, por qué no, empieza a tener puentes estilo La Guerra de las Galaxias. Si el truhan en cuestión tiene una granja avícola, en el comedor del colegio empiezan a servir diariamente  pechuga y huevos. Es lo que tiene ser truhan. Aunque el cine diga que el crimen no paga, al truhan siempre le cuadran las cuentas y, si acaso pierde, no lo admite. Es mal empresario y peor persona. Él conduce un coche último modelo y las furgonetas de sus empleados tienen las ruedas lisas. En estas semanas pienso que el truhan no deja de ser truhan ni siquiera cuando le contagian la gripe. Tiene los ojos acristalados, pero continúa. Su negocio avanza a toda pastilla: con las llantas lisas y los motores deshechos, pero cobrando aquí y allá. Desde ese punto de vista es todo lo contrario del escritor. No es que esté diciendo que no hay escritores truhanes. Tiene que haberlos. Pero nuestras tajadas son tan pírricas, que no les valen mucho la pena a tan poco distinguidos señores. De hecho, el truhan cuando escritor dice que lo es, pero no escribe. Entonces no lo es. A él tampoco lo golpea la gripe. Va por allí, campante y malsonante y propone una foto suya como portada del anuario del colegio. Pobres niños y pobre colegio. Todos con tos y mocos menos los truhanes. A pesar de su inmunidad, debe ser horrible sentirse un truhan, pero el truhan no se siente. Igual también es horrible tener gripe. Esta gripe realmente no sé porque la llaman gripe. Podrían llamarla escarabajo 2017, exterminadora fulminante o pistola de aplastar personas. Quizá así entenderíamos mejor de qué se trata. Insisto, estoy hablando de ella, de la gripe. Poco, muy poco se puede escribir con ella. Quizá un artículo sobre truhanes.

22 feb. 2018

Professore Cosimo, pícaro de Gallipoli


Si lo recuerdo haciendo dibujos con tiza sobre la mesa del desayuno para ilustrar la historia y los atractivos actuales de la ciudad, dedicarle un cuartiento haciéndolo pasar por pícaro me parece un exceso. Era un buen hombre, mucho más amable que la mayoría. Según refirió, había sido profesor de matemáticas y, desde la jubilación, alquilaba habitaciones, junto a la playa, en la casa en que había nacido.
Cuando le preguntaba dónde ir y cómo ser atendido rápidamente en medio de la multitud de turistas que inundaban Gallipoli en la tercera semana de agosto, solo decía tres palabras indicándome que las repitiera.
-Mi manda Cosimo -en efecto, su nombre abría puertas, deshacía colas, desintegraba carteles de lleno.
Pudo haber sido un anfitrión maravilloso, pero no lo fue porque me engañó desde el primer momento en que tuve noticias de él. Fue navegando en la web. Allí encontré la página de su B&B: Mare bello.
Cuando llegué, después de ocho horas de coche desde Roma, el lugar estaba cerrado.
-In cinque minuti arrivo -dijo il professore al teléfono.
Mientras lo esperaba me dediqué a estudiar la fachada del B&B. Era la misma de la página web, pero veinte años más vieja y dos veces más pequeña. Tenía una puerta, diminuta pero doble, casi transparente. A través del cristal, se veían dos escaleras: en un diámetro de apenas ochenta centímetros, una subía y otra bajaba. Arriba estarán las habitaciones y abajo el sótano, pensé para mis adentros.
Cuando llegó, frenazo de Fiat incluido, me abrazó y me trató como un príncipe. Cogió incluso mi maleta.
Se plantó frente a la puerta y en lugar de abrir la hoja de la derecha, que subía, abrió la izquierda.
- E adesso benvenuto alla suite - dijo con voz teatral cuando podía haber dicho "bienvenido a tu tumba". Acto seguido comenzó a silenciar con detalles falsamente históricos las precariedades del sitio por el que, con el nombre de suite especial, engañándome, me había cobrado muchísimas monedas.
Cuando a los dos días salí de allí enfermo por el polvo y la humedad, lo odiaba y me prometí que le escribiría un cuartiento.

25 ene. 2018

"Un sucesor venezolano para Raúl Castro"



Si dijera que la he encontrado navegando en Internet, mentiría. Realmente ha sido a punto de naufragar en facebook. No voy a copiar el link porque basta con repetir el título de este cuartiento en un buscador de contenidos para encontrarla. En todo caso, se trata de una propuesta, avalada ya con más de mil firmas, que aunque inicialmente me pareció ridícula no pude dejar de leer hasta el final: "Un sucesor venezolano para Raúl Castro".
Los creadores de la iniciativa, y sus seguidores firmantes, realizan un recuento de las relaciones entre Venezuela y Cuba, "marcadas no solo por la vecindad y el mar que baña sus orillas sino porque desde hace mucho tiempo comparten un proyecto político". Utilizan todo tipo de lugares comunes  ("ideario compartido", "enemigo del Norte", "el filibustero Trump") y, haciendo gala de un sincretismo polivalente, se refieren a Simón Bolívar, José Martí, Hugo Chávez y Fidel Castro como "nuestros cuatro apóstoles evangelistas".

A pesar de su fervor, dejan constancia escrita del "uso de recursos de una y otra república para resolver los problemas" y de que "en enero de 2013 el sucesor del Comandante Hugo Chávez Frías fue elegido en La Habana y (...) para su elección no fueron obstáculo las dudas existentes sobre el país en que había nacido".
Usando ese recuento como sustrato, recuerdan la probable coincidencia cronológica entre las elecciones presidenciales venezolanas, decretadas recientemente por Nicolás Maduro, y la designación de un sucesor en la presidencia de Cuba del sucesor de Raúl Castro, "quien debe retirarse para el cuidado de su salud en abril de este año". Inmediatamente, manifiestan su estupor "porque entre los nombres que actualmente se mencionan como posibles sucesores de Raúl Castro no hay ningún venezolano" y, por ello, proponen "estudiar la posibilidad de que ciudadanos venezolanos de origen o de adopción puedan ser considerados como sus sucesores eventuales".
La propuesta saca a pasear nuevamente las relaciones históricas entre ambos países y, sin inhibición ninguna, como si se tratase postular candidatos a la junta municipal de Altagracia, lanza un póquer de nombres: Nicolás Maduro, Cilia Flores, Tarek William Saab, Diosdado Cabello y Tibisay Lucena, "compañeras y compañeros que han dado prueba fehaciente de su fidelidad al ideario cubano-venezolano".


En ese momento de la lectura, es posible creer que la propuesta ha sido formulado por el torpe testaferro de cualquiera de los postulados, pero finalmente las últimas líneas del texto salvan la confusión y aclaran, al menos en parte, el verdadero sentido de la iniciativa: "Obviamente, para disipar dudas y ambigüedades y como demostración clara de transparencia y espíritu revolucionario, mientras se estudia su posible nominación en Cuba, estos compañeros no deberán ocupar cargos ni ser candidatos a los mismos en la República Bolivariana de Venezuela".
QUE ASÍ SEA..

22 ene. 2018

La necesidad de escuchar




Crear historias, narrarlas, contarlas, parece ser la función principal del escritor. Por eso en las reseñas de libros, y también en las notas necrológicas, se repiten expresiones como “las historias que nos regala”, “la fantasía inagotable” o “el producto de su imaginación”. En el imaginario colectivo se le atribuye al escritor la creación de mundos, personajes y anécdotas y se le agradece que lo haya hecho porque la multiplicación que su trabajo permite es el condimento esencial de la magia literaria.
Pero algo ocurre permanentemente para que esta creación sea posible. En ocasiones parece que lunas y espejos se ponen de acuerdo para reproducirse al paso de su mirada. A veces, frente a la pantalla en blanco, el oficio (que no la magia) se apodera de él y le entrega la receta de la pócima, el secreto del truco. Es otras, todo es mucho más fácil. Amigos, familiares, desconocidos, los lectores se ponen de acuerdo y, cuando nadie los ve ni los escucha, le cuentan al escritor sus cuitas, le entregan sus vivencias, le regalan sus anécdotas.
Este último mecanismo puede ser muy hermoso aunque en ocasiones, por qué no, también muy fastidioso, incluso ambas cosas simultáneamente. Mayormente es solo lo primero y algo de ello queda y se multiplica luego en el texto. Para encontrarlo, para escribirlo y leerlo luego, es necesario compartir y escuchar.
Es tan obvio que vale la pena repetirlo. Quien escribe crea mundos en ocasiones inéditos, de tres lunas. Otras veces, el mundo mostrado se parece mucho a este  real en que vivimos, de tres lunas otra vez pero con la explicación previa de un juego de espejos y ventanas. Aquello que sucede o no en esos mundos proviene de la ilusión, la fantasía, pero también de lo leído y vivido, de lo visto, fundamentalmente de lo escuchado.