13 jul. 2017

Exhumación de un bote de lágrimas artificiales, 2017


Las lágrimas artificiales
no sirven
para comer
tampoco para limpiarse el culo
ni siquiera sirven para llorar
pero igual hay que sacarlas
de este ataúd de cartón
envuelto con cinta americana
que preparamos para enviar
víveres y medicinas

no es un húmero ni un fémur, hijo mío
agárralo tú
que tu  mano es más delgada
y no estropea tanto las cosas

son lágrimas simplemente lágrimas
no es un radio tampoco un esternón
es un bote pequeño
que el gobierno prohíbe

tranquilo, no van a explotar
diez mililitros de lágrimas
que ni siquiera son de verdad
pero pueden ser usados por ancianas
terroristas
para aliviar el ardor de las bombas
lacrimógenas
que disparan militares
hijosdeputa

sácalo ya
permite que se vaya
y busque su destino
esta caja herida
destripada
volando a un país
pequeña Venecia
donde nada está permitido
solo llorar de verdad
adelgazar morir
soñando que esta pesadilla
termina

11 jul. 2017

Calor Marías


Desde hace por lo menos diez años me toca vivirlo todos los veranos. Entre la última semana de junio y las dos primeras de agosto, hay por lo menos un momento en que siento que soy una mezcla de Camilo José Cela, Juan Goytisolo y Javier Marías. No como idea delirante de grandeza ni porque crea haber escrito un capítulo desconocido de La Colmena, Reivindicación del Conde Don Julián o Mañana en la batalla piensa en mí. Es más bien por el personaje ese de la mala leche, por heterodoxos o por ortodoxos, que he conocido interpretado por ellos. Apetece, cómo no, escribir contra el olor dulzón de los protectores solares, contra los turistas y la paella mala, contra la gente que con el calor se pone como tonta, contra el calor mismo, las terrazas y las ensaladas decoradas con chispazos de vinagre dulzón, falso de Modena.
Muertos ya Cela y Goytisolo, a ese momento ahora le llamo calor Marías. Cuando llega, cuando lo siento llegar como si se tratase de una crisis convulsiva, algo de hormigueo en los dedos, un principio de tos, una cosa rara en el cuello, me digo “tú no eres Javier Marías, tampoco Camilo José Cela ni Juan Goytisolo” y salgo al jardín. Comienzo con las flores y las plantas pequeñas. Les doy agua de beber y procuro mojarme yo también. Si no me basta con regar, empiezo a quitar hojas secas y cortar ramas bajitas. Si todavía estoy raro, me calzo las botas y cojo el cortacésped. Eso sí que calma: a mí, a Marías o a cualquier otro. Luego de media hora ya estoy cansado y les pido a los vecinos que me dejen zambullirme en su piscina.
Allí ya estoy en la fase Vila Matas. Lo prefiero así. Nado un poco. Salgo, respiro, me seco con una toalla de ser posible prestada y regreso a mi ordenador. He vuelto a ser Slavko Zupcic y me dispongo a escribir un artículo sobre el verano.

1 jul. 2017

Contigo (la música no es de Luis Fonsi)


Así fue: contigo, hablando contigo. Íbamos en el tren, sentados uno frente al otro. Originalmente yo estaba solo e intentaba corregir un texto en el portátil, pero en cuanto te vi lo cerré, dispuesto a hablar. Comenzamos por el árbol del exilio que menciona José Solanes en En tierra ajena. Te dije que yo lo había leído más de veinte años atrás con otro título, Los nombres del exilio, y, a partir de allí, comencé a referirte cosas todas ciertas del pueblo en que crecí, La Entrada, en las afueras de Valencia, la de Venezuela. Era un pueblo duro, de gentes curtidas a fuer de vivir allí, depositadas entre las montañas. Allí yo crecía y leía. Allí comencé a escribir. Primero a mano: llené con letra apretada cientos de libretas en que escribía y reescribía intentando corregir. Luego a máquina: me apoderé de la máquina de escribir de mi madre, una Underwood color naranja. Tenía también un escritorio gigantesco, metálico, que nuestra amiga china, Poija, me había regalado. Mientras hablábamos, pasamos por Nules y pude ver a la derecha las murallas de Mascarell. Nada que ver entre Mascarell y La Entrada. Allí, mirases donde mirases siempre te encontrabas con una montaña. Junto a mi casa estaba la iglesia en la que yo alguna vez fui monaguillo. Pero, cuando escribía, había soltado ya el catecismo y prefería los libros de Faulkner, que mi madre se había hecho autografiar. "Imagina a mi madre", te dije. "Imagínala esperando a Faulkner en las afueras del Ateneo de Valencia". Suyos eran mis libros preferidos, quizá por esa firma abreviada en las primeras páginas. Y los de Juan Rulfo, Herman Hesse y Knut Hamsum, no importa que no estuviesen autografiados.. Y El Quijote. Y Platero y yo. Pero yo escribía y escribía. Mejor dicho: leía, escribía, me masturbaba y escribía. Mientras lo hacía, de vez en cuando me asomaba por la ventana basculante que daba hacia la carretera. A veces veía llover. La lluvia en La Entrada era una especie de manto que nos arropaba durante horas. En otras veía al vecino limpiar su camión. Y alguna vez, lo juro, vi a los niños con los que podía haber jugado pero nunca lo hice, los vi caminar llevando sus burras limpísimas. "¿Qué hacían con las burras?", creo recordar que me preguntaste mientras el tren avanzaba hacia Burriana. Yo no te respondí, perdóname. Simplemente porque quería decirte que mientras más los veía más escribía y leía. Era una forma de no estar allí. Es raro, complicado y casi vergonzoso, pero sería justo decir que escribía como una forma de ausentarme y construir con mis palabras aquello que no tenía: quizá el padre, quizá los lugares que no conocía. "Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con Solanes y el árbol del exilio?". No lo preguntaste, no explícitamente, pero a punto de llegar a Burriana vi en tus ojos que habías entendido que mi discurso continuaría por allí. En efecto, hacia allí iba, mucho más rápido que el tren. "Es que ahora escribo", eso fue lo que te dije, "para volver allí, para sentir que nunca me he ido".

25 jun. 2017

Cuartiento que se vende en las ofertas de Amazon

Cuartiento de la guardia que entra en el hospital con su médico, pero antes un Maseratti ve venderse y  compra dos libros vendidos a pesetas en una papelería que, como las todas del país, euros la moneda es que usa para comprar y vender diecisiete años por lo menos hace. Vega de Lope y Teresa santa, nada más menos nada, menos por lo del siete euros equivalente. Pasada una es y pena la vale. Poco por si fuera un secreto es. Libros están allí, vista a la de todos, pero cómpralos ninguno porque de la decoración creen parte forman. Luego trabajo mucho, pero otro libro hay. Un paciente que colombiano dice ser cuentos cuenta y de irse antes agradecido regala El libro del mormón, azul en su tapa dura. Bastar podría con ello, pero en el salir del momento, la guardia terminada ya, médico un gato ve que entra como si su casa fuera al hospital. No trabaja el gato ni paciente es del hospital, el médico piensa. Pero quizá para los felinos de cinco estrellas el hospital un restaurante es. Por eso ábrense las puertas a su paso. Y fondo en el, seguro, una botella azul del agua fresca lo espera porque los días actuales en que estamos pudo escribirse aquí el libro del calor aprieta cuando, by Chester y sus traductores Himes.  

12 jun. 2017

Revólver nuestro de cada día


Confiamos en él. Con los años ha perdido curvas y se ha hecho más bien rectangular pero los hay de todas las formas posibles. Ruidoso en cambio continúa siendo. De hecho no sólo emite ruidos él sino que nos hace más ruidosos a nosotros mismos. Se acabaron los días de los cow boys silenciosos. Ahora, revólver en mano, somos más ruidosos que nunca.  Es que él nos defiende y nos sirve (eso creemos) para todo. Con él no hay cosa que no podamos hacer. Rotos y descosidos. Hay incluso quien se siente no sólo defendido por él sino también representado. Por eso se elige el más caro, el de más oropel. Pocas veces un arma ha sido tan mimada. Mucho menos tan tolerada y vendida. Lo llevan niños y ancianos. Con él se puede entrar en cualquier lugar. Es de uso permanente. Se  lleva  en la mano o en el bolsillo. Hay incluso quien va al retrete con él. Resulta natural y ningún bando lo impide. Este revólver incluso se ha apoderado de la mesa de noche. Nada de pudor. Ninguna discreción. Se pone donde sea y hay que aguantarse. El que no lo haga es como el que no bota. El que no lo tenga también. Aparte de extraño, quizá se trate de un perdedor. Él es nuestro revólver y, no sólo hay que tenerlo, sino también hacer gala de él. Por eso vamos armados a todas partes. Por eso nos sentimos desnudos sin él. Somos vaqueros aunque viajemos en tren. Vivamos donde vivamos, ya que estamos permanentemente armados, somos protagonistas de una película del Lejano Oeste. Esto es gracias a él. Nuestro revólver nuevamente.  Quizá no mata tanto como los de antes, pero igual nos hace cada vez más estúpidos, cada vez menos respetuosos. Es lo que hay. Por eso, si vamos a la consulta del médico, desenfundamos y colocamos el revólver frente a su bata blanca. Si estamos en una terraza y toca una cerveza, el revólver no puede faltar sobre la mesa: entre el plato de las aceitunas y el cenicero. Es una desgracia. Nos protege poco, pero a la mínima tentación la cogemos y comenzamos a disparar sus balas. No puede ser bueno esto de  ir armado a todas partes. No basta con usar silenciador, quizá sea necesario impedir su entrada en ciertos recintos. Pobre revólver cansado de tanto uso y disgusto: puto móvil.

8 jun. 2017

La hija del amigo


Voy  a saludar a mi amigo y encuentro su hija que lo sustituye perfectamente.
-¿No está, verdad?
Ella me ve y me responde sólo con los ojos. Igual haría él, es tan obvio.
-¿Le puedes decir que he venido?
Vuelve a responder con los ojos. Seguramente lo hará pero, tonto de mí, me dejo ganar por la duda.
-¿Sabes quién soy, verdad?
Ahora sí habla.
-Claro que sí, el del libro -mientras lo dice señala con el libro que lee un ejemplar de médicos taxistas que casi forma parte del decorado de la tienda.
En ese momento, mi hijo, mi propio hijo, se empeña en comprar una chuchería y, mientras yo busco la moneda para pagarle, ella me interrumpe con el gesto más hermoso que he visto en los últimos días.
-No hace falta, mi padre tampoco te lo cobraría.

15 may. 2017

Una lección de estriptís



Quien descubre que la maestra de sus hijos, la vecina o la mujer que le vende el pescado es o ha sido una deslumbrante vedette lo menos que puede hacer es sorprenderse. Verificará el nombre y los apellidos. Se atreverá incluso a meterlos en google. Luego, durante por lo menos un minuto, frente a la fotografía que deshace la venda que le tapaba los ojos, permanecerá con la boca abierta y lamentará sus precariedades. ¿Cómo pudo no intuirlo? ¿Qué catarata le nublaba la vista para que no se diera cuenta de lo que sucedía ante sus ojos? Esa sorpresa es una cosa bonita de la vida, parecida al WhatsApp que le llegó el otro día sobre el estriptís: “No todo el mundo puede hacer un buen estriptís aunque cualquiera te puede sorprender haciéndolo”. Pero lo que sucede en esta cuartilla es diferente. Aquí tenemos un individuo que durante cinco años ha coincidido con una persona, ha intercambiado saludos y quizá alguna expresión sobre el tiempo. “Qué frío, qué calor”. “Así no se puede”. Quizá incluso alguna vez han estado a punto de discutir esperando turno en la charcutería. “¿Está segura que usted va primero que yo?”. O cuando le hizo llegar algunas anotaciones sobre la conducta de la hija mayor. “De inculcarle valores a mis hijos me ocupo yo, usted enséñeles matemáticas”. Ésas fueron las palabras que le escribió en la agenda escolar. Un trato seco, cortante, que nunca dio pie a la confianza. Siempre la vio vestida con ropas anchas y nunca le prestó mayor atención a su rostro. Hay que decirlo porque sucede a menudo. Para él ella era una persona cualquiera. Una más del entorno, como aquel árbol o la enredadera de la plaza. Ahora en la foto es absolutamente distinta. Flores, brillantina, seda, desnudez, incluso belleza.  Cuando enseña la foto a los compañeros del trabajo, la respuesta es unánime: “Macho, la maestra de tus hijos es espectacular. Qué envidia”. Nuestro Cristóbal Colón permanece en silencio y ya ni siquiera mira la foto. Diga lo que diga la peña, sólo él sabe lo que pasará de ahora en adelante: sencillamente nada. Se esforzará en que todo siga igual y el trato con ella no cambiará, no ha de cambiar, para nada.

9 may. 2017

El último pescabro: Guía mi-XA-lin



Varias personas me lo han advertido. “La pescabrería cierra, está cerrando”. En efecto, las palabras “se vende” se leen entre los carteles que anuncian las merluzas a precio insuperable y los boquerones del día. Además, como respuesta a otro cuartiento, un anónimo enriquece el término pescabro advirtiendo que en Madrid, en los años cincuenta,el papel de  los libros vendidos a peso se usaba para envolver el pescado. Imagino que se trataría de una coincidencia triple aunque posible: libros grandes, pescados pequeños y compras exiguas. Con ese ánimo entro en la pescabrería. El primer libro es una sorpresa recurrente: El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Lo compro por no dejarlo allí, para que no se lo trague el mar en caso de que la venta del local no se realice. El segundo libro que abro tiene un título que promete, Los niños tenores, pero el contenido es desolador: un grupo de niños canta “Cara al sol” y grita “Heil Hitler” en un salón de clases ante la pasividad del profesor. No quiero que éste sea mi último pescabro: me dolería. Me recuerda la infamia, el dolor actual por Venezuela, las pequeñas traiciones, la última visita enferma y desgraciada, aquella conferencia que preparé y no pude dar. Continúo buscando y encuentro un libro casi artesanal: mi-XA-lin (guía de restaurantes poligoneros de la provincia de Castellón). Me gusta el juego que propone el título combinando  la referencia neumática y gastronómica con la expresión preferida de los castellonenses: “ Xa, que bo”; “¿Cómo te ha ido, Xa”. En el interior, honrando el subtítulo, Ximo Salsadella (intuyo que se trata de un pseudónimo) describe cincuenta restaurantes ubicados en polígonos industriales de la provincia y los valora del uno al diez según los siguientes parámetros: precio-calidad, servicio, servicios, parking y atención. En el mejor restaurante, el menú cuesta nueve euros, la comida es buena y en el parking caben, alineados perfectamente, treinta camiones. Me gusta este pescabro: Guía mi-XA-lin. Es el último libro que compro en esta pescadería, ya lo he decidido. Aunque la pescabrería abra mañana o pasado, el último pescabro será éste: conectado con Castellón y haciéndole justicia a la naturaleza alimentaria del lugar en que lo compro. Se muere entonces una palabra, casi un género (litero-alimentario). Menos mal que quedan los cuartientos.

18 abr. 2017

Origen, auge y caída del GARDENFIT


Foto: Francisco Cámara

Siempre había dicho que el jardín era su gimnasio. Y es que en efecto lo era: trabajando diez horas al día en la biblioteca, la única actividad física que hacía era cortar el césped, cuidar del jardín. Una o dos veces a la semana. Así, sólo así, se mantenía más o menos en forma. Pero en la medida en que las plantas fueron creciendo, la actividad comenzó a ganar envergadura. Cada vez le ocupaba más tiempo y tenía que salir corriendo de la biblioteca para llegar a tiempo a ocuparse de los árboles.
Fue en esa época que le tocó esperar a un amigo en la nave en que un entrenador y sus discípulos practicaban crossfit.
Viéndolos bajar y subir el balón medicinal, hacer carreras, arrastrase contra el piso como si estuvieran en la guerra, subir la cuerda y elevar las pesas, se dio cuenta de que esos ejercicios repetían su rutinas del jardín. Y escuchando al entrenador motivar a sus alumnos se le ocurrió crear un tipo de actividad física, el Gardenfit.
Nació así una especialidad deportiva. El balón medicinal sería sustituido por el capazo del cortacésped, lleno o vacío según la capacidad del alumno. Los ejercicios de cuerda se harían con los árboles y las pesas con los troncos recién cortados.
Emprendedor como nunca antes lo había sido, publicó un aviso en el periódico y, en una semana, recibió diez llamadas telefónicas. Seleccionó cinco de los candidatos. Les cobraba poco. Pero una vez a la semana los ponía a sudar, siempre en horas de la tarde.
-Comenzamos. Vamos con ganas. Tú a barrer las hojas. Tú con el cortacésped. Tú a quitar las ramas secas de los árboles.
A los diez minutos cambiaba los roles.
-Venga, vamos. Ánimo que parece que no habéis comido hoy.
Cuando veía algún perezoso lo espabilaba inmediatamente.
-Si sigues así te cobraré el doble. Venga, vamos.
La iniciativa tuvo tanto éxito que para atender los diferentes grupos de alumnos que se formaron tuvo que ofrecerse a cuidar el jardín de los vecinos.
-Vamos que esto se acaba -le decía a los alumnos en una época en que aunque estaba todas las tardes cuidando de jardines tenía más dinero que nunca.
-Venga, vamos.
Lo que más le motivaba era saberse dueño de algo. Era el inventor del gardenfit. Lo sabía y se sentía orgulloso de serlo Un negocio redondo que multiplicaba sus ingresos e incrementaba la salud de sus pupilos.
El asunto prometía. Si por un año hubiese mantenido la curva ascendente de las primeras diez semanas se habría convertido en un asunto imparable. Pero pasó lo de siempre.Un vecino creyó que también podía sacar tajada del asunto y anunció su propio centro. No sólo era un copión, sino que lo hacía porque siempre le había dado pereza arreglar su propio jardín. Luego el de la otra calle y el del barrio de al lado. A los seis meses había más centros de gardenfit que practicantes. Y sencillamente el asunto comenzó a desaparecer, como los dinosaurios, como las cabinas telefónicas.
Los alumnos se diluyeron. Así fue cómo cerró. Tuvo que cerrar y volver a cuidar él mismo de su jardín.
Le da rabia recordarlo. Estuvo tan cerca. A punto, prácticamente ya lo había hecho. Ahora incluso le da pereza cortar el césped, cuidar de los árboles. El jardín está más destartalado que nunca, repleto de maleza. Y él, gordo y seboso, no parece un inventor.


21 mar. 2017

El siglo pasado




Hasta hace pocos años  nos acostumbramos a creer que el siglo pasado era el siglo XIX y es que en efecto lo era. El siglo de Balzac, Flaubert y Rimbaud. También el de Pasteur, Chejov y la construcción de América. Por esto último o por los elefantes de Rimbaud, nos acostumbramos a creer que el pasado era un siglo lento, que olía a caballos y que su fuerza estaba garantizada por la barba de sus hombres. Ese siglo lento y lejano olía a naftalina y  sonaba con las teclas del piano y los pasos educados de sus habitantes.  No hablábamos de él, no podíamos, tan sólo lo nombrábamos, pero su referencia nos resultaba atávica, vinculada al origen de los tiempos. “Eso no sucedía ni en el siglo pasado”, decían los positivistas cuando veían algo torcido, inapropiado. “Es del siglo pasado”, decía el anticuario señalando el mueble cuya belleza quería resaltar antes de decir el precio. Podía ser malo o bueno, pero siempre era lejano, lejanísimo. El tiempo que nos separaba de él era también una forma de impregnar de esperanza el futuro. Hubo quien nació y creció entre dos ideales: el siglo pasado y el año 2000, el inicio del siglo XXI. Incluso se hicieron predicciones de las cuales pocas se cumplieron. Cuando llegó el 2000, se desvanecieron ideales y predicciones. “Lo mejor del siglo XX han sido los ordenadores y las hojillas de afeitar”, decía entonces un viejo poeta que todavía escribe. Si  el siglo XX era una tesis doctoral, ésta era su conclusión. Y una vez concluido el segundo milenio, el siglo pasado se convirtió en una especie de limbo. Se nombraba poco y quien lo nombraba no sabía bien a que se estaba refiriendo. Mayormente la referencia era todavía al siglo XIX y, cuando un atrevido nombraba los años noventa recién pasados como del siglo pasado, la gente sonreía. Ahora ya comienza a tener cuerpo y forma. Han pasado tres lustros y casi quince meses  Hay ya personas nacidas después del 2000 que leen y escriben: yo he leído ya alguna maravilla. Ellos, que son sin duda alguna el siglo XXI, le dan nombre al siglo pasado: es el siglo XX, caramba. No es que estemos creciendo como Benjamin Button, pero el siglo pasado está cada vez más cerca y nosotros fuimos parte de él y lo tocamos con las manos, hundimos en él las caderas. El que se ha ido y no sabemos dónde es el XIX. Ya no es ni pasado ni nada. Es el siglo XIX.

12 mar. 2017

Ojos, corazones: libros a pesetas



Como si no existiera relación entre los órganos de que se ocupan, el oftalmólogo y el cardiólogo no cruzan palabras entre sí, tampoco miradas, quizá ni siquiera sentimientos.
Sentados en asientos contiguos del primer tren de la mañana, concentran la atención cada uno en su tablet y se evitan incluso al alzarse, en el momento de llegar a Castellón. Los conozco a ambos, sé que el uno sabe del otro y que no hay animadversión entre ellos. Creo incluso que tienen más cosas en común que en desacuerdo, pero fundamentalmente (ésa es la razón de su ignorancia mutua) ellos creen (o saben) que no existen vasos comunicantes entre sus saberes y desempeños.
Paso la página y salgo. Fuera de la estación, me espera la sorpresa del día. Están allí desde hace tiempo, pero en la papelería donde ahora compro el periódico miro por primera vez con detenimiento la esquina a la derecha de la caja registradora. Hay allí cien o doscientos libros nuevos, impolutos, que nunca han sido comprados ni vendidos, ni  abiertos ni leídos, pero que han sido editados hace treinta o cuarenta años. Nadie en el barrio los ha querido comprar y ahora que los veo el vendedor avisa que me los venderá según las pesetas que indique la contraportada.
-¿Que tienes que encontrar pesetas para pagarle? - me pregunta el primer amigo a quien se lo refiero.
-No, él hace la conversión a euros -le explico.
Me llevo seis libros por menos de lo que compraría uno en Amazon o en mi librería preferida. No lo puedo evitar y lo pienso: los euros tienen tan poco que ver con las pesetas como los cardiólogos con  los oftalmólogos.

27 feb. 2017

¿Qué tienen en común medicina y literatura?


Todo o nada según se quiera. Si continúo escribiendo, va a ser todo. Y está bien que lo sea. ¿Acaso hay libro más hermoso que el que acompaña a un enfermo en su lecho? Seguro que no: ésa siempre es la primera imagen que me asalta cuando intento relacionar estos dos conceptos.
Un poco más allá de la superficie, desde hace años creo sinceramente que ambos saberes, el médico y el literario, pretenden abarcarlo todo, que ambos cubren la vida y su esperanza como dermis y epidermis. Por ello coinciden, porque se superponen.  Por eso eran médicos y escritores François Rabelais, Arthur Conan-Doyle,  Anton Chejov, Pío Baroja, Alfred Döblin, William Carlos Williams, Mijail Bulgakov y Oliver Sacks. Tampoco es casualidad el brillo literario de algunas novelas de tema médico como La Montaña Mágica o El Doctor Arrosmith. O la maravilla de una novela médica escrita por médico: Berlin Alexanderplatz. Alfred Döblin, su autor, admitió que ella no habría sido posible sin su trabajo como médico psiquiatra en un centro de observación de delincuentes. Nuevamente, literatura y medicina. Ambas, superpuestas entre sí y sobre la vida del hombre, pueden ser contenido y recipiente.
Pero no sólo de eso se trata: está dos áreas tienen más qué ver entre sí que la carpintería metálica y el comercio de aves a pesar de las jaulas. Aquí no se trata de hacer medical fusion y encontrar relaciones con la cocina y la ingeniería aeronáutica, que alguna debe haber y será respetada.
Propongo entonces buscar otro saber, otra práctica disciplinar que pretenda abarcarlo todo. Lo admito, estoy haciéndome trampa a mí mismo a ver qué pasa. Si, ahora que están de moda y han demostrado que también pretenden cubrirlo todo,  si elegimos como contendiente las series de televisión, si intentamos sustituir la literatura por ellas, ¿acaso el discurso sería el mismo? Hay igualmente médicos que han participado en ellas. Recuerdo el caso de Michael Crichton que contribuyó a diseñar Emergency room. Hay además varias series que suceden en hospitales y también hay muchas otras que tienen la enfermedad como eje: Breaking bad, The boss, Los Soprano, por solo nombrar algunas. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué la literatura pretende un trato de favor si la comparamos con las series?
No desespere, querido lector. Tengo la respuesta. La clave está, vuelve a estar en la medicina y en el objeto que la ocupa: la vida, la salud del hombre. Es el objeto de su estudio el que hace de la medicina una ciencia que debe esforzarse para resultar apodíctica. Por ello en alguna escuela se enseña que la medicina no es una ciencia sino un arte. Nada de arte, ciencia es aunque no siempre exacta. No lo digo yo, lo advertía Immanuel Kant.  Y si bien la literatura también erige un puente entre la medicina y el arte, fundamentalmente vincula el saber médico con la filosofía, la madre de todas las ciencias.
Ése es su aporte más importante: a través de la literatura, la medicina regresa a la filosofía. Estas dos señoras superpuestas, medicina y literatura, están juntas incluso en esta encrucijada del camino como fue demostrado entre los siglos XVIII y XIX por los actores de la Naturphilosopohie, aunque eso, claro está, es otra serie. Perdón, quise decir cuartiento.

8 feb. 2017

¿Jarditor o escrinero?



En los días sin pacientes, no renuncio a la medritura fundamentalmente porque en ella he encontrado productividad y sosiego. Mejor todavía, en esos días tengo más tiempo para decir y escribir que quien es medritor sigue siéndolo siempre: cuando escribe, cuando lee, cuando se encuentra frente al paciente y cuando no tiene nada qué hacer. Sin embargo, si el día es muy de andar por casa reconozco que además de leer y escribir la única cosa que me apetece es limpiar el patiecito, como escribía Ramón Palomares. Cortar el césped, podar los árboles, barrer las hojas son actividades que me producen placer y, cansancio permitiendo, me invitan a escribir. Para mí entonces, cuidar la tierra es de alguna manera una actividad literaria. Por Palomares, que limpiaba el patiecito. Por William Faulkner, que ante los funcionarios del censo americano se presentaba como agricultor. Ellos, obviamente, encontraron ventajas haciéndolo o escribiéndolo. Yo tengo claras las mías. La más obvia, dar el esquinazo a los jardineros ladrones. ¿No dicen los terapeutas familiares que todo se sostiene sobre lo económico? La principal en todo caso es que la naturaleza y sus elementos son todavía una de las pocas verdades a las que es posible asirse. Los mercados no engañan al viento y el agua no le hace caso a Internet aunque ésta pretenda lo contrario.Por eso tiemblo y disfruto con la azada y mis tijeras, incluso con el cortacésped y la motosierra. Cuando estoy lleno de tierra y sólo quiero ducharme para sentarme a escribir, la única duda que albergo es cómo debería llamarme: ¿jarditor o escrinero?

22 ene. 2017

Oficio lector


El día no comenzaba al despertar o desayunar, sino en el patio del colegio. Ordenados por grados y secciones en doce filas y, en éstas, según la estatura, veíamos al Padre Carlos Reschop dirigir la orquesta. Primero el himno y las oraciones, luego algunas palabras de ánimo. Eventualmente, un alumno era invitado a concelebrar y debía responder algunas preguntas al micrófono y ante nosotros. Recuerdo la ocasión en que llamaron a un niño robusto de tercer grado.
-¿Cómo te llamas?
-Miguel Ángel.
-¿Qué quieres ser de mayor?
-Heladero.
Más que sorpresa, la palabra "heladero" generó estupor. En Valencia, la de Venezuela, entonces sólo había dos o tres heladerías artesanales y ser heladero seguramente significaba empujar un carrito de helados que se anunciaba con música de campanas por los callejones más oscuros de la ciudad.
-¿Y por qué quieres ser heladero, Miguel?- repregunto el Padre Carlos para disipar la neblina..
-Porque me gustan mucho los helados.
A partir de ese momento el orden del patio se relajó e incluso el Padre Carlos comenzó a reír. Todos lo hacíamos y yo siempre he recordado la escena con una sonrisa dibujada en los labios o detrás de los ojos.
Animado por ese espíritu de sinceridad, yo -que entonces tendría ocho o nueve años y ya había comenzado a devorar los libros de la biblioteca materna- descubrí aquello que más me gustaba y si el Padre Carlos me hubiese llamado en las semanas siguientes, yo también habría dado mi contribución a la felicidad de la peña.
-¿Qué quieres ser de mayor, Slavko?
-Yo quiero ser lector.
-¿Por qué?
-Porque me gustan los libros.
Ese intercambio nunca se realizó, pero yo soñé durante años con él. Primero cambiaron las leyes y ya no era obligatorio cantar el himno. Como en un poema de Joan Brossa, el himno se llevó las oraciones y éstas la reunión en el patio antes de la primera clase. Luego cambiaron al Padre Carlos: se fue de ecónomo al Seminario de Los Teques. Así yo me quedé sin gritar mi primera y, debo reconocerlo, única pasión. Pero, gracias a Miguel Ángel, logré darme cuenta de lo que quería ser. En efecto, es lo que he querido siempre y, aunque formalmente nunca he tenido un puesto de trabajo que lo reconozca, puesto que leer es la actividad que más he ejercido a lo largo de la vida, aquella que más satisfacciones me ha dado y, con diferencia, lo que más me gusta hacer, puedo entonces decir que sin haberlo gritado en el patio del colegio lo he sido siempre: lector de oficio y profesión.

22 dic. 2016

Cuartientos tiene sentimientos





Cuartientos no es una persona ni una institución.
No es un género literario y mucho menos un subgénero.
Ni árbol ni animal. No maúlla ni ladra.
No duerme aunque a veces descansa.
No bebe coca cola ni alcohol.
No pasa frío, tampoco calor.
Pero igual te desea feliz navidad,
muchos pescabros y libros a pesetas
en el año venidero.
Que sigas leyendo cuartientos.